Un tema en redes sociales es que si en nuestro país son posibles una guerra civil o una guerra de guerrillas. Analizar ambos escenarios no es fácil si se está dentro de Venezuela. Pero eso no importa.
En redes, se justifica atacar una clínica porque ir a un hospital “da terror” (ahora todo es el “terror” para vincularlo al “terrorismo”, y Trump ataque). Es la “banalidad de la venganza”. Peor que la “banalidad del mal”. Es la polarización venezolana -término que enerva a muchos- y no va a cambiar. Una guerra civil no la veo posible. Principalmente, porque no observo ánimo en la población para asumir una. No así en redes sociales, pero no son Venezuela (afortunadamente). Una guerra de guerrillas, sí la veo posible, si el gobierno de Maduro es derrocado. Que sea viable, dependerá de varios factores: compromiso de quienes asuman esa vía y las acciones del nuevo ejecutivo que sustituya al chavismo. Por supuesto, mi opción es una salida política negociada, pero un análisis no debe descartar escenarios de guerra
Este artículo es un ensayo, bosquejo, intento, aproximación a un tema que tiene muchas aristas, pero del que se habla mayormente en redes sociales.
No es fácil tocarlo: una guerra. Por lo que implicará para la población. Desde el gobierno y la oposición se maneja con banalidad el término y lo que trae. “Guerra económica” o “Guerra popular prolongada” o “ya estamos peor que” (Libia, Siria, Haití, Iraq, etc) o “la tiranía le declaró la guerra a la sociedad”. No es la “banalidad del mal” -una falla en la cognición- sino la “banalidad de la venganza” -una falla en el carácter- con la que se quiere justificar una guerra en Venezuela. De manera que hacer un análisis en la distancia -aunque esté dentro de mi país- puede sonar como al del investigador frente a su objeto de estudio dentro de un paradigma positivista.
En la vida real, esa separación “objetiva” no existe. Uno vive al país y si sucede una guerra, lo viviré. No pienso formar parte del éxodo que producirá. Mi intención es quedarme aquí. Como analista, hay que explorar los escenarios. No puedo responder a clientes, personas en la calle, invitaciones, o entrevistas, “no lo haré, porque me niego a aceptar que ocurra una guerra en Venezuela” o algo así. Es la realidad. Venezuela es un país con heridas muy profundas que no se ven desde nuestra cotidianidad. Pero allí están. Heridas para una guerra.
En una nota del 11 de noviembre, la agencia Reuters reportó que “Venezuela is deploying weapons, including decades-old Russian-made equipment, and is planning to mount a guerrilla-style resistance or sow chaos in the event of a U.S. air or ground attack, according to sources with knowledge of the efforts and planning documents seen by Reuters.
“The approach is a tacit admission of the South American country’s shortage of personnel and equipment”.
En el último párrafo, la agencia está algo perdida o desinformada (en el sentido de la causalidad para una guerra de guerrillas), pero ese es otro tema ¿Es posible una guerra de guerrillas o una guerra civil en Venezuela, en caso que el gobierno de Maduro sea tumbado por los EUA?
Mi análisis no será exhaustivo ni tipo “expertos de seguridad y defensa de tuiter”. También, me saldré de la matriz o contenido de medios -principalmente internacionales, de repente todos expertos en Venezuela- que encuadran a nuestro país dentro de unos esquemas en los que no encajamos, pero imagino que son para consumo del público internacional que tal vez no tenga una idea de Venezuela, pero a la que hay que poner como un “Estado fallido” lleno de “criminal gangs” para darle “contexto” al público internacional. Me salgo de ese enfoque.
Un colega politólogo me habló de las “transiciones criollas” para referirse a nuestros propios procesos de cambio político. Prefiero este enfoque al de los “expertos en transiciones” con un lenguaje de consultor de “nation building” como los contenidos de una nota publicada en Político el 15 de noviembre, acerca de algo como “el día después que Maduro se vaya”. Nada nuevo: reestructurar a las FAN y policías, contratar mercenarios -en la nota, “private security firms” ¿La de Erik Prince?- para cuidar a las figuras del “nuevo gobierno” y -no faltaba más- la ayuda del FMI y del BM. Una receta nada original. Muy del Siglo XX y poco del Siglo XXI.
Por supuesto, este encuadre no es ocioso o casual. Es un encuadre con vocación de poder, dentro de la narrativa de la oposición Machado que caló en los EUA y en varios “thinks tanks” que pasan como “objetivos”. El gran problema con este encuadre es que sus promotores no están en Venezuela. Da mucha prensa y acceso a la Casa Blanca, pero su debilidad es que los impulsadores no están en el país y tal vez no tengan idea de lo que ocurra dentro de Venezuela que no sean los lugares comunes de las redes sociales o de sus estereotipos y prejuicios.
Por eso prefiero el enfoque de mi colega politólogo (que está en Venezuela, no en Bogotá, Berlín, Buenos Aires, Madrid, Miami, o Santiago): las “transiciones criollas”. Destacan dos: la de 1936 y la de 1958 (dentro las élites de Puntofijo, porque Pérez Jiménez cayó, no fue un caso tipo Pinochet quien entrega la banda presidencial para que Alwyn la recibiera).
En común, noto que las élites en ambos momentos acordaron cambios en el país, manejaron sus diferencias -no lo tengo claro en el caso de 1936- las FAN optaron por respaldar el cambio político, y los sectores con fuerza para naufragar las transiciones fueron puestos de lado o derrotados, tipo Eustoquio Gómez o el “Cabito” Castro León.
Justamente lo anterior es lo que hoy no existe. Mal que bien, las élites del pasado compartieron, al menos, un proyecto de país. El plan de vías de 1943, por ejemplo, se desarrolló en distintos gobiernos, autoritarios y democráticos. La Venezuela moderna, en sus versiones como sugiere Arturo Sosa: modernización con democracia y modernización sin democracia, pero, en común, la modernización.
Hoy no hay una visión compartida sobre Venezuela. Gobierno y oposición con proyectos antagónicos. Dentro de la oposición, también hay discrepancias sobre la visión de Venezuela. De aquí que emerja el tema de la guerra; civil o de guerrillas. Al no ser posible ni siquiera una visión compartida, aunque sea de manera general, queda el “te elimino para imponer mi visión”. El chavismo no negocia el suyo -el “socialismo bolivariano”- ni la oposición tampoco. Hoy con el “Manifiesto libertad” de Maria Corina Machado. No son proyectos para discutir. Se toman o se toman.
Vamos con las definiciones antes de entrar al análisis.
La enciclopedia internacional de ciencia política editada por Bertrand Badie (2011, p. 264) define una guerra civil como “un conflicto violento que enfrenta Estados contra uno o más actores no estatales organizados dentro de su territorio”.
En el diccionario de política editado por Bobbio, Matteucci, y Pasquino (¿2010? p. 744), una guerrilla se define como “un tipo de combate que se caracteriza por el encuentro entre formaciones irregulares de combatientes y un ejército regular”.
Como comenté al inicio de este artículo, mi escenario es muy general. Una aproximación a si es posible una guerra civil o una guerrilla en la eventualidad de un ataque de los EUA a suelo venezolano que tumbe al gobierno de Maduro. El motivo es que cualquiera de los dos escenarios tiene muchas aristas para tratarlas en un solo artículo. En propiedad, cada uno debería ser un artículo, pero aquí se tratan los dos, por lo que no seré exhaustivo porque el texto sería más largo de lo que ya es.
A diferencia de mis escenarios entre 2014-2017, hoy veo menos probable una guerra civil, por varios motivos. Por supuesto, no se puede pronosticar cómo reaccionará la población si ocurren los bombazos o tropas de EUA en suelo nacional. A lo mejor despierta una ola nacionalista, a lo mejor una de miedo, una de indiferencia, o los agravios acumulados brotan y sí sucede una guerra civil.
Mi impresión es que, si los bombazos son quirúrgicos, la población observará, pero buscará llevar su vida. Por supuesto, en función de dónde sean los impactos, pero no pienso que habrá una gran movilización a favor del gobierno o para empujar una rebelión desde adentro para tumbarlo. La represión interna funcionaría salvo que los EUA logren impactos quirúrgicos a los centros de comando de los cuerpos de represión del Estado y sectores busquen una movilización interna que ponga en jaque al gobierno de Maduro. Pero en principio, pensaría que la sociedad observará y buscará mantener una normalidad en la vida, mientras espera la resolución del conflicto político y que la violencia termine con los bombazos quirúrgicos. Que no vaya más lejos.
Un primer motivo para no ver una guerra civil es, justamente, lo último. La población está cansada. Desgastada de una lucha política y de una crisis económica que lo llevó a autonomizarse de la política. No que no le interese o no quiera un cambio político -el 28 de julio, hubiera votado por Edmundo González o por Manuel Rosales, porque el tema es el cambio menos la persona, y la presidencial fue una oportunidad para manifestarlo- sino que aprendió que el costo del conflicto lo asume la población no las élites que lo promueven y quedan como héroes.
A diferencia de 2014-2017 cuando había grupos activos de la oposición que pudieron catalizar un conflicto civil, que no lo lograron porque el gobierno lo evitó -a un costo en DD.HH muy alto, lo que le restó legitimidad a la parte de razón que el chavismo tiene para señalar a la oposición, que tiene su responsabilidad, no es inocente en el conflicto político venezolano- y la población no atendió los llamados insurreccionales por parte de la oposición ni a los del ejecutivo (“no quedará una piedra en el este”).
Como comenté al inicio de este artículo, mi escenario es muy general. Una aproximación a si es posible una guerra civil o una guerrilla en la eventualidad de un ataque de los EUA a suelo venezolano que tumbe al gobierno de Maduro. El motivo es que cualquiera de los dos escenarios tiene muchas aristas para tratarlas en un solo artículo. En propiedad, cada uno debería ser un artículo, pero aquí se tratan los dos, por lo que no seré exhaustivo porque el texto sería más largo de lo que ya es.
A diferencia de mis escenarios entre 2014-2017, hoy veo menos probable una guerra civil, por varios motivos. Por supuesto, no se puede pronosticar cómo reaccionará la población si ocurren los bombazos o tropas de EUA en suelo nacional. A lo mejor despierta una ola nacionalista, a lo mejor una de miedo, una de indiferencia, o los agravios acumulados brotan y sí sucede una guerra civil.
Mi impresión es que, si los bombazos son quirúrgicos, la población observará, pero buscará llevar su vida. Por supuesto, en función de dónde sean los impactos, pero no pienso que habrá una gran movilización a favor del gobierno o para empujar una rebelión desde adentro para tumbarlo. La represión interna funcionaría salvo que los EUA logren impactos quirúrgicos a los centros de comando de los cuerpos de represión del Estado y sectores busquen una movilización interna que ponga en jaque al gobierno de Maduro. Pero en principio, pensaría que la sociedad observará y buscará mantener una normalidad en la vida, mientras espera la resolución del conflicto político y que la violencia termine con los bombazos quirúrgicos. Que no vaya más lejos.
Un primer motivo para no ver una guerra civil es, justamente, lo último. La población está cansada. Desgastada de una lucha política y de una crisis económica que lo llevó a autonomizarse de la política. No que no le interese o no quiera un cambio político -el 28 de julio, hubiera votado por Edmundo González o por Manuel Rosales, porque el tema es el cambio menos la persona, y la presidencial fue una oportunidad para manifestarlo- sino que aprendió que el costo del conflicto lo asume la población no las élites que lo promueven y quedan como héroes.
A diferencia de 2014-2017 cuando había grupos activos de la oposición que pudieron catalizar un conflicto civil, que no lo lograron porque el gobierno lo evitó -a un costo en DD.HH muy alto, lo que le restó legitimidad a la parte de razón que el chavismo tiene para señalar a la oposición, que tiene su responsabilidad, no es inocente en el conflicto político venezolano- y la población no atendió los llamados insurreccionales por parte de la oposición ni a los del ejecutivo (“no quedará una piedra en el este”).
El ánimo que requiere una lucha civil no existe, solo lo hay en redes sociales. Lo que hay es una lucha por el poder y, como comenté previamente, la oposición tercerizó las armas en el gobierno de los EUA que, de triunfar la oposición, tutelará al nuevo ejecutivo que lo necesitará para sostenerse y para ver si pasa la prueba inicial de presiones sociales, las posibles respuestas del gobierno saliente, demandas represadas de la sociedad, y la ambición de quienes buscarán integrar ese ejecutivo, muchos de los cuales vendrán con ánimo de venganza y otros para cobrar 26 años de estar fuera del poder político y del Estado. En tuiter, se les nota las agallas y el hambre de cargos públicos. A EUA le tocará ser algo como un tutor de una familia díscola a la que le llegó una importancia herencia y todos quieren la mejor parte.
A lo anterior se suma que, si hay una guerra civil, la migración volverá en ascenso de manera logarítmica. Si algo expulsa personas, es una guerra, convencional o civil. Si 8 millones de venezolanos migraron, una guerra civil sacará no sé si a una cantidad similar pero sí millones, sea fuera del país o como desplazados internos.
Descartada una guerra civil en mi análisis ¿es posible una guerrilla? Lo veo más probable. Igualmente, por varias razones.
Aquí no entro en el tema político en los dos escenarios. Solo lo siguiente: ambos suponen que Maduro está fuera del poder. En el escenario de guerra de guerrillas, el chavismo debe tomar la decisión si la asume o no. La historia reciente de Venezuela sugiere que gobiernos prefieren irse antes de enfrascarse en un combate. El ejecutivo de Medina Angarita en 1945 o Pérez Jiménez en 1958. Los gobiernos democráticos pelearon, pero eran gobiernos durante la lucha armada de los 60 y durante los dos intentos de golpe militar en 1992. De manera que el presidente Maduro (RP, del 28 de julio) tiene que decidir si se embarca en una guerra de guerrillas para resistir o se construye alguna propuesta para una nueva elección o algún mecanismo para validar la de julio de 2024. Habrá que ver qué sucede si se dan las conversaciones Trump-Maduro. En esas pláticas estará el tema del cambio de gobierno, entre otros.
Si el ejecutivo asume una guerra de guerrillas como sus principales voceros lo aseguran ¿Cómo será ese ejecutivo en “resistencia prolongada”? Estará derrocado, pero asumirá que es gobierno. En mis análisis de 2014-2017, lo bosquejé en lo que llamé el “Escenario Siria”. Veía a Maduro como estuvo Al Assad en su momento: en resguardo o escondido, pero reclamando la presidencia y con algún control de parte del territorio nacional.
No entro en el tema sobre cómo quedarán los poderes públicos, sean nacionales, regionales, o locales ¿Cómo procederán los EUA y la oposición Machado con los poderes públicos? Los dejarán, una solución tipo Carmona 2002, o serán descabezados de manera selectiva. Por ejemplo, sale el TSJ, pero los gobernadores y alcaldes se quedan. Son puntos que escapan a este artículo abordar.
El “punto de honor” para Maduro es que ese cambio no sea a favor de María Corina Machado. Representa el “enemigo histórico” del chavismo (y viceversa). La pregunta es si Maduro está dispuesto a aceptar a Machado, quien hace méritos para mostrarse como una aliada confiable de los EUA, patente en su “Manifiesto de la libertad”, que parece un mensaje dirigido no tanto a los venezolanos sino al gobierno de Trump el que, además, anularía todo el proyecto chavista ¿Cómo quedaría eso?
Además, la oposición Machado comunica unos deseos de venganza que no puede ocultar por más que sus tuiteros se empeñen en construir un “todos unidos” que no existe. No hay diferencias doctrinarias, ni entre los que están afuera y los que estamos dentro de Venezuela; no hay diferencias de nada todos unidos en que “pase lo que todos queremos que pase”. Por eso se molesta con cualquier persona o artículo que sugiera que una transición no será necesariamente pacífica y ordenada como reveló el NYT al comentar un “juego de guerra” hecho por los EUA en 2019 cuando se buscó derrocar a Maduro. El resultado fue no pacífico sino caótico. Creo que en 2025 también habrá su caos y no el “Strawberry shortcake” que vende la oposición Machado. El punto no es el caos sino si un nuevo gobierno en Venezuela podrá hacerle frente.
Es difícil que Maduro acepte a Machado o a Edmundo González Urrutia, pero si eso implica un ataque de los EUA ¿podrá admitirlos? Porque el chavismo también tiene que decidir si se embarca en una guerra o busca alguna forma de mantener o dejar el poder con garantías y con un futuro. Si se mantiene sin irse, tienen que ser unas concesiones que Trump valore mucho. Tal vez por eso dijo que “en algún momento” conversará con Maduro y le “diré algo muy específico” ¿Qué será? Lo va a medir en la charla como insumo para su toma de decisiones sobre cuál curso de acción seguir con respecto a Venezuela.
El momento actual es un Catch-22: la diplomacia tiene la debilidad que no asegura un cambio político en Venezuela; la fuerza militar, que los EUA puede embarcarse en una “forever war” y es algo que Trump no quiere, y menos en este momento. Un video de congresistas demócratas que estuvieron en el mundo militar y en el sector de inteligencia en el que pidieron a los militares norteamericanos “no obedecer órdenes ilegales”, levantó una inmensa roncha y abrió un debate sobre qué es una orden legal y una ilegal. Medios de los EUA reportaron que juristas militares señalaron que no hay bases jurídicas para volar lanchas en el Caribe ¿Las habrá para atacar a Venezuela? En mi texto para El Cooperante publicado el lunes pasado, argumento que no.
Si es la diplomacia, lo que debe surgir es algo como una “hoja de ruta” que culmine en un cambio de gobierno con una validación electoral en algún momento, con acuerdos para la gobernanza y un reconocimiento entre el chavismo y la oposición como fuerzas políticas, no “rendiciones o capitulaciones” que ambos buscan de la contraparte.
Si es la fuerza, lo que el gobierno de los EE.UU seguro hace es evaluar los puntos nodales en términos militares, políticos, y psicológicos que incapaciten al ejecutivo de Maduro o lo saquen del poder.
Pero regreso a los motivos por los cuales veo más probable una guerra de guerrillas que una guerra civil.
El primero, porque el concepto de “guerra asimétrica” es central para la doctrina militar del chavismo desde Chávez. Definió a los EUA como su enemigo. La tesis del “pueblo en armas”. El gobierno de Maduro agregó -para su escenario de guerra de guerrillas- la “guerra popular prolongada”.
A partir de lo anterior, asumió que, en una guerra convencional, las FAN no tienen nada qué buscar con los EUA, pero un enfoque asimétrico sí, en el que los EUA no están totalmente preparados. En 2020, el U.S Army disolvió el Grupo de Guerra Asimétrica creado en 2003. Ni siquiera en la actualidad hay mayores cambios. Tanto, que apenas hoy regresan los cursos de selva en Panamá.
Que Trump y Hegseth planteen un ejército “lethal” para una victoria rápida no significa que pueda escaparse de la realidad de un conflicto asimétrico que no son rápidos, sino que son “protracted conflicts”.
Aunque el concepto de guerra asimétrica tiene críticas -que es un eufemismo para ocultar que no se gana una guerra (Milevski, 2014)- lo definimos como, “cualquier disparidad militarmente significativa entre partes contendientes con respecto a los elementos del poder militar entendido en sentido amplio” (U.S Army, 1998).
El objetivo del conflicto asimétrico es agotar la voluntad de una fuerza para proseguir una guerra, por los costos que tiene (en todos los sentidos porque lo asimétrico no se limita a lo militar, sino a lo político y psicosocial). Como apuntó Kissinger, “the guerilla wins if he does not lose. The conventional army loses if it does not win”. Vietnam, por ejemplo, se puede estudiar en un juego de mesa “Vietnam 1965-1975” (en: https://www.gmtgames.com/p-911-vietnam-1965-1975-gmt-edition.aspx).
Lo central -para los enfoques contemporáneos- no son las “disparate capabilities” -donde todo el mundo se centra, incluyendo las definiciones- sino las “disparate strategies” en las que el gobierno de Maduro, si se embarca en este tipo de guerra, pudiera tener algo que decir.
El chavismo lo que ha hecho desde 1999 es perfeccionar su visión de la guerra asimétrica hasta llegar a 2025 con los Organos de Dirección de Defensa Integral (ODDI) y la reciente promulgada por el presidente Maduro (RP, del 28 de julio), ley del Comando para la Defensa Integral de la Nación.
Curiosamente, en mi revisión de la gaceta oficial en línea, la norma de la ODDI no aparece en el buscador del TSJ (búsqueda hecha en “Buscar por el número de gaceta” el 19-11-25 a las 6:55pm). La ley del comando tampoco está publicada para el momento de la búsqueda que hice.
Sin embargo, lo que leí en las distintas noticias me hacen conjeturar que el ejecutivo piensa en un esquema de lucha descentralizado hasta el nivel parroquial con la idea de nodos, de redes, que puedan funcionar de manera autónoma (los distintos comités de los que habla la ley de las ODDI) especialmente para mantener una vida en caso de un ataque en una población determinada. Lo central para el chavismo: la estabilidad, pero una descentralizada, que pueda operar en caso de un ataque de los EUA.
Lo otro -que no es nuevo- es la fusión e integración del poder de fuego. De la “unión cívico-militar” -que fue una aspiración de la lucha armada de los 60- durante Chávez, se pasó a la “unión cívico-militar-policial” para terminar hoy en la “fusión cívico-militar-policial-popular” con Maduro.
Puede hacer, entonces, una guerra de guerrillas en contra de los EUA, pero focalizada. No veo el “espíritu Vietnam” en la población venezolana. Ni siquiera en la totalidad del chavismo. Como expresé previamente, la sociedad prefiere convivir a un conflicto. Pero el chavismo puede hacer una guerra de guerrillas. Las FAN profesional posiblemente se concentre en sistemas como el CODAI y en operaciones tipo “small state militaries” (infiltración, detección, aseguramiento, fuerzas aerotransportadas ligeras -LAF, por ejemplo).
Pensaría en dos fortalezas que tendría esa guerra de guerrillas. La tecnología y el territorio.
La tecnología bélica de hoy en muchos aspectos es “barata”. Por ejemplo, el uso de drones que seguramente el gobierno de Maduro recibirá de países aliados como Rusia, China, o Irán.
No se necesitará un gran ejército o una gran tecnología para producir un efecto psicológico a favor de una guerra de guerrillas. La guerra sigue siendo la guerra. Es decir, sujeta a criterios políticos. De nada sirve un cañón láser si no hay una visión política de la guerra. De nada sirve el portaviones Ford en el Caribe, si el gobierno de Trump parece que no ha definido el objetivo político a lograr frente al gobierno de Maduro -que no es el falso positivo del “Cartel de los soles”- el “strategic outcome”. A lo mejor, sin una tecnología de punta, pero con claridad sobre el objetivo político, una guerrilla puede tener éxito político y psicológico sobre un enemigo más fuerte.
La famosa película -basada en hechos reales- “Black Hawk Down” (2001) revela que con un arma sencilla en manos de unos “warlords” pudo golpear a los EUA con 18 bajas y 73 heridos de los Rangers y Delta Force. Y tuvo un efecto político en el gobierno de Clinton para recordar que no hay “easy victories” o “predictable victories”. Y la Venezuela de 2025 no es la Somalia de 1993. Nuestro país es casi 5 veces más grande que Somalia. Conecto con lo segundo: el territorio.
Venezuela es un país grande con una topografía variada que coadyuva a una guerra de guerrillas. Irak y Afganistán sumados son casi la mitad del territorio de Venezuela. Vietnam todo es poco más de una tercera parte de nuestro país. Lo que fue Vietnam del Sur 5 veces más pequeño que Venezuela. Vietnam todo, Laos, y Camboya sumados equivalen a casi la mitad de la extensión territorial de nuestra nación. La guerra de Vietnam costó, a precios de hoy, cerca de 900 mil millones de dólares. Durante su mejor momento, la Alemania nazi controló un territorio equivalente a 4 veces Venezuela. En sencillo, Venezuela es grande. Los EUA tendrán que desplegar más de los 15.000 soldados que tienen en el Caribe.
Para una resonante victoria de los EUA si es una invasión, se necesita el esquema de Vietnam del “ten-to-one ratio” (no sé si se originó en la famosa frase de Ho Chi Minh, “Pueden matar a diez de mis hombres por cada uno de los suyos que matemos nosotros. Pero, incluso así, ustedes perderán y nosotros ganaremos”).
Esquema que, por cierto, se usó durante la primera Guerra del Golfo (1990-1991), guerra que Trump y Hegseth califican de modelo y que no fue una “políticamente correcta” como fue Vietnam, según Trump. Lo cierto es que antes de ser “políticamente incorrecta”, los EUA aplicaron el “ten-to-one-ratio” antes de atacar a Irak con una coalición de 42 países liderada por los Estados Unidos.
Imaginemos su aplicación para el caso Venezuela. En la página web del ministerio de la Defensa, antes de su “nuevo estilo”, en la historia de las FAN, el ministerio informó que nuestra milicia tiene cerca de 360.000 personas. Supongamos que los EUA ataca en tierra y trae tropas al territorio. De esos 360 mil, 350.000 desertan, se van, se rinden, etc. Quedan 10 mil comprometidos “patria o muerte” o con “los negocios” (el último, para emplear el paradigma sobre las FAN que fascina en la oposición Machado). Si aplicamos el “ten-to-one-ratio”, los EUA deberían poner en suelo patrio 100.000 soldados con la espera de una tasa de bajas de alrededor del 10 por ciento (10.000 bajas).
Por supuesto, es mucho el agua que corrió de Vietnam a Somalia, de Somalia a Irak y Afganistán, y de ambos países al presente. Estados Unidos habrá estudiado estas experiencias para mejorar su apresto en la guerra irregular. Pero pienso que Trump pondera algún cálculo como el de este artículo. Y aunque sea una sola baja, él cargará con ella. Trump no quiere que su legado como presidente de los EUA incluya bajas en una “forever war”. De aquí que -desde su primer gobierno- prefiera ataques a distancia y es lo que el Chairman Caine y su equipo deben trabajar en términos de cursos de acción y escenarios para Venezuela. Imagino que el planeamiento debe ser algo como ¿Cuál es el “Fordow” -una de las plantas nucleares de Irán bombardeadas por los EUA- del gobierno de Maduro? Si lo hay y lo definen, seguramente el “sort of” de Trump se decantará hacia un ataque. Si no, posiblemente mantenga el statu quo en el Caribe o hable con Maduro como aseguró hará “en algún momento”.
Si Trump no ataca, tendrá que “amarrar a sus locos” de cierta oposición que, desesperados, piden bombardear y se hacen eco de mensajes de exfuncionarios de quinta de los EUA, que publican fotos de la sede de PDVSA, de un estadio, o de una clínica en Caracas para indicar que allí se “resguarda el cartel de los soles”. Este sector de la oposición, si Trump no ataca ¿buscará nuevos falsos positivos para promover un conflicto, en su rabia y mayor desesperación?
La desesperanza de cierta oposición abre una reflexión que escapa a este artículo ¿Puede un sector con unas inmensas ganas de venganza adelantar una “transición pacífica y ordenada”? Es decir, la población deberá escoger entre un sistema autoritario o uno que viene por la revancha, que se excusa porque “está herida”. La lógica de “esto es peor que cualquier cosa”, luego, cualquier cosa se justifica porque siempre será menor a lo peor que ya vivimos, incluso la venganza que quiere ese sector de la oposición.
No es casual que los que cabildean para los “bombazos” no estén tanto en la administración de Trump -hay un poco más de recato ahora, como se vio durante la entrevista a Hegseth hecha el 20-11-25- sino en tuiter, con los “expertos en seguridad y defensa” que quieren hacer nombre al “darnos una clase” sobre las bombas que lleva un B52 o ex funcionarios de los EUA que hablan como los nuevos dueños de Venezuela, junto al mismo elenco de políticos venezolanos promotores del quiebre como López o Machado.
Al regresar a la posibilidad de una guerra de guerrillas, otro factor que influye en su viabilidad y éxito o fracaso es lo que haga el nuevo gobierno, que tendrá que ser respaldado por los EUA para mantenerse, así se niegue en tuiter.
Durante Vietnam, EE.UU apoyó a los gobiernos de Vietnam del Sur pero eran ejecutivos muy malos, con autoritarismo y corrupción. No sé si en la eventualidad de un gobierno de la oposición Machado, será así. El “Manifiesto de libertad” no ofrece mayores luces más allá de generalidades que son compartidas, pero sin los detalles, es difícil saber la orientación precisa. Promover una visión liberal no tiene nada de particular. Lo importante es qué tan consensuada es esa visión y qué apoyos concretos tiene tipo tuit de la plataforma unitaria en la que hace RT al “Manifiesto de libertad”.
Lo que comunican los seguidores de la oposición Machado en tuiter, es una inmensa frustración y una gran sed de venganza que planteará a ese eventual ejecutivo presiones que seguramente complacerá. Algún “pan y circo” hará para satisfacer a sus fieles seguidores de tuiter, cómodos para disfrutar del espectáculo, que caracteriza a esa oposición: vivir de la crisis y hacer de la crisis un espectáculo.
Lo que haga el eventual nuevo gobierno en cuanto a políticas públicas será clave para ver si una guerra de guerrillas del chavismo ya en la oposición será viable y tendrá éxito. Las demandas de la sociedad serán muchas y la luna de miel corta, por lo que ese nuevo gobierno tendrá que venir con su “Manifiesto de libertad” pero también con su “Programa de febrero de 1936” y actualizar alianzas con sectores del país cuestionados por su base de tuiter, que los acusa de “normalizadores”.
Junto a las políticas públicas, estará el papel de las FAN o de lo que quede de la institución y lo que ese nuevo gobierno pueda construir como ejército. Los EUA deberán decidir -porque será un tema para el Norte que sus aliados de Venezuela acatarán- si se conforma una FAN profesional o se apuesta una suerte de “constabulary force” más para tareas policiales, que puede ser una tendencia dado el discurso de las “bandas” y de “los secuestradores” que domina n la oposición Machado.
En conclusión, no veo una guerra civil. La guerra de guerrillas la veo más probable, pero observo dos fuerzas en tensión para que una estalle: por una parte, si ocurre, muestra la voluntad de lucha del chavismo que tendrá que definir cuál es la meta política de esa lucha armada para que no sea una lucha armada por la lucha armada, que se agote y se quede estancada -que pasará en algún momento, si se da- por la otra, el espíritu de la población que no lo veo ni para una guerra civil o para una lucha armada. La población busca otra cosa. Como fue el lema de la MUD, “Para vivir y progresar en paz”.
El pueblo se autonomizó del conflicto político desde hace mucho tiempo. No significa que no le interese la política, sino que ésta no produce nada, no genera bienestar sino problemas. El público se aleja y lleva su vida. Una guerra civil o de guerrillas no es lo que lo motivará. Pero lo que hay en Venezuela es una cruda e intensa lucha por el poder que no se detendrá por consideraciones de lo que quiera o no el pueblo. Es un “daño colateral” como es ahora, al que se le prometerán cosas a futuro, pero no interesa como decisor. Lo que interesa es tomar o mantener el poder.
Lo que pensaría es que antes de definir si se engancha en una guerra de guerrillas, el ciudadano va a observar qué pasa. Si Trump bombardea de manera quirúrgica, verá qué sucede, pero buscará llevar su vida y apostará a los medios políticos para expresar sus deseos de cambio, que se mantienen intactos, a pesar de bombas o guerrillas. El problema es que, si se da una guerra civil o de guerrillas, una solución política se alejará ¿Por cuánto tiempo? No se sabe, pero será mucho. Es mejor buscar esa solución ahora, aunque parezca imposible o no deseada.
Por Ricardo Sucre Heredia | www.ElCooperante.com










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