Vale para las dos oposiciones que analizo en el artículo. La oposición que encabeza María Corina Machado -la oposición que está afuera- y la oposición que participa dentro de las reglas del sistema autoritario para cambiarlo, la oposición que está adentro.
La oposición Machado hace, aunque no tiene el control del desenlace que lo posee Trump junto a Maduro. Tiene tres debilidades: nunca asume la responsabilidad de algo, no está en Venezuela, y promueve un discurso que paraliza.
La oposición que participa dentro de las reglas del sistema autoritario no se siente. No hace. Está adentro del país, pero no aprovecha la oportunidad -con los riesgos que trae- para hacer oposición o hacer política.
No tiene estructura, ganas, o tiene miedo a la represión del Estado o a los batallones destroza personas y reputaciones de la oposición Machado. Está inerte. La oposición que está dentro de Venezuela debe pensar en 2026. Puede ser un año de sorpresas, y no por un ataque de los Estados Unidos precisamente.
Si el balance del ejecutivo es que está cohesionado, pero rompió con el país, el balance político de la oposición es que espera para ver qué pasa. No es que la oposición no tenga agencia -está más en manos de la oposición que encabeza María Corina Machado- pero las decisiones están en los EUA, concretamente en su presidente Donald Trump, y en el gobierno de Maduro, el que también tiene decisiones y capacidades. La agencia de la oposición Machado se limita a influir en el gobierno norteamericano y a “esperar para ver qué pasa” (la esperanza ahora está en los ataques quirúrgicos).
Por cierto, el análisis acerca del balance político del gobierno no está tan desubicado, en lo relativo a que el ejecutivo rompió con Venezuela luego del 28 de julio. En una actividad el 1-12-25, el presidente Maduro (RP, del 28 de julio) aseguró que “Hemos logrado un consenso inmenso, una gran unión, más allá de las diferencias políticas, partidistas, ideológicas o de clase social”.
Si fuese así, el relato que Maduro comentaba cuando comenzó la crisis con los EUA acerca del bloqueo a Venezuela en 1902 y cómo Castro liberó a los presos políticos de entonces, en la Venezuela de hoy sería una realidad. No es. El presidente (RP, del 28 de julio) ya no comenta ese episodio. Hacer algo similar a lo que hizo Don Cipriano sería reconocer que en el gobierno de Maduro hay presos políticos y no “políticos presos” como le gusta decir. No tiene el aplomo para liberar a los detenidos políticos y menos a sus adversarios presos que fallecen en custodia de Estado como el caso del exgobernador de Nueva Esparta, Alfredo Díaz (AD en resistencia), cuya muerte en el Helicoide se informó el 6 de diciembre.
Que venezolanos no estemos a favor de la presión de los EUA en contra del gobierno de Maduro no significa que formemos parte del “consenso inmenso” puesto que no hay espacios para lograr uno, como argumenté en al artículo del lunes pasado para El Cooperante. Lo hacemos por un sentido nacional. Somos nacionalistas. Simplemente, sin ser anti-EUA -aunque si hay que pelear contra los EUA en caso de una invasión a Venezuela, estoy dispuesto a hacerlo- no queremos que nuestro país sea tutelado por el Norte o por alguna otra nación que es lo que sucederá si los EE.UU derrocan a Maduro. Ejercerá y cobrará -de eso Trump sabe bastante- su “derecho como ganador”. No será tan sencillo como plantea cierta oposición en sus fantasías: que Trump saque a Maduro, y luego que los estadounidenses resuelven su problema con él por su autoritarismo. Simplemente, Trump sacó a Maduro y ya no nos interesa. No será así. El presidente de los EUA no es de esos que, “gracias por los favores recibidos y hasta luego”. Ejercerá su mando, tutelará al nuevo gobierno, hará negocios -seguramente con las “tierras raras” de Venezuela- y más si aventar al ejecutivo chavista tuvo costos materiales y humanos para los EUA, que los tendrá, así sean mínimos.
De manera que, a diferencia de lo que plantea Maduro, no hay un “consenso inmenso”. En todo caso, el ejecutivo tiene consensos dentro de los espacios que ha construido, pero no sale más allá. No solo rompió con el país, sino que tampoco habla con la nación, en su espejismo del “inmenso consenso” y del “país feliz”.
Vuelvo con el balance de la oposición. Hay dos oposiciones a los efectos de este análisis. El balance es igual para las dos. Ambas esperan para ver qué pasa. Las dos son espectadoras. La oposición que lidera María Corina Machado menos espectadora que la oposición que participa dentro de las reglas del sistema autoritario pero que se diferencia del gobierno y busca la alternancia en el poder, que es la segunda oposición. Otra manera de caracterizarlas es la oposición que está afuera (Machado) y la oposición que está adentro (Capriles, quien hoy es el que tiene voz de esa oposición).
Hay otras oposiciones fuera de estas dos. Como he escrito en artículos previos para El Cooperante, no las tomo en cuenta porque son oposiciones que no se diferencian del gobierno. Por ejemplo, la bancada que está en la AN. No se siente. No se diferencia. Pasó sus 5 años con más pena que gloria.
La oposición Machado domina dentro de la oposición. Los resultados de la primaria de 2023 los extrapoló en el tiempo para imponerse como “la” oposición, apoyada por el hartazgo del público opositor contra partidos e instancias como la MUD, que fueron exitosas, pero sin constancia para mantenerse por la lucha interna por el control de la estrategia opositora, que la oposición Machado domina desde 2013.
Posee un fuerte aparato de propaganda que se encarga de desacreditar y destrozar a cualquiera que cuestione a esa oposición, aunque ya no tiene el dominio como lo tuvo entre 2023 y 2024. Es fuerte en la propaganda y el marketing, pero menos en hacer política. Se impuso por las dos primeras variables, no por la tercera (la política). Todavía no saber hacer política, aunque cree que sí sabe (que no es rogarle a Trump o dedicarle un artículo).
Es la oposición que tiene algo de agencia porque es la que influye en el gobierno de Trump, como sugieren sendos reportajes del NYT y de Reuters, al solapar su discurso del falso positivo del “cartel de los soles” con el discurso MAGA y el America First.
No es que le diga a Trump “qué hacer” sino que en el universo de significados MAGA, el discurso de la oposición Machado tiene eco porque toca los significados del America First, como se observa en lo que Trump dice o, incluso, en documentos importantes como la estrategia de seguridad nacional dada a conocer el 5 de diciembre. Machado cabalga sobre el discurso MAGA. Esa es su habilidad política, no otra.
De aquí su silencio en el tema migratorio -que trata de enmendar con unos comunicados mediocres, hechos para la ocasión, como obligados por la crítica que destaca que la oposición Machado calla y calló frente a la agresión del gobierno de Trump contra los migrantes venezolanos- porque si habla o hablaba, sería arriesgar la comunicación con el mundo de Trump y las posibilidades de lograr la “amenaza creíble”. Por supuesto, no es solo contenido lo que se apoya y solapa. Hay respaldos concretos de figuras como Rubio, Scott, Salazar -invitada al acto del Nobel de la paz, vaya invitados los de Machado, pero dicen mucho sobre su visión de las cosas y en quiénes realmente ve como aliados o cercanos- que mantienen contacto con la oposición Machado y comparten la misma doctrina política: hacia la derecha.
El balance de la oposición Machado es que hace todo para que Trump ataque al gobierno de Maduro o al país para producir una crisis, en la esperanza que eso produzca ¡por fin! el esperado “quiebre de la coalición dominante” que hasta ahora todas las “psyops” que se adelantan desde agosto, no han podido lograr.
Su fortaleza es que domina dentro de la oposición. Es una oposición agresiva, que no se duerme, que hace. Influye en el gobierno de los EUA aunque depende de éste, y está alineada con la derecha internacional, aunque tiene una tensión entre ser liberal, una “derecha convencional” si se quiere, o abrazar la ultraderecha o la derecha radical que es donde en buena medida se ubica su público que habita en tuiter, cada día más radicalizado porque la salida de Maduro no se da.
Caracas / Foto: Archivo.- El lunes pasado fue el balance político del gobierno. Hoy lunes, toca el balance político de la oposición.
Lea también: AD en resistencia exige una “investigación independiente” por la muerte de su dirigente Alfredo Díaz
Si el balance del ejecutivo es que está cohesionado, pero rompió con el país, el balance político de la oposición es que espera para ver qué pasa. No es que la oposición no tenga agencia -está más en manos de la oposición que encabeza María Corina Machado- pero las decisiones están en los EUA, concretamente en su presidente Donald Trump, y en el gobierno de Maduro, el que también tiene decisiones y capacidades. La agencia de la oposición Machado se limita a influir en el gobierno norteamericano y a “esperar para ver qué pasa” (la esperanza ahora está en los ataques quirúrgicos).
Por cierto, el análisis acerca del balance político del gobierno no está tan desubicado, en lo relativo a que el ejecutivo rompió con Venezuela luego del 28 de julio. En una actividad el 1-12-25, el presidente Maduro (RP, del 28 de julio) aseguró que “Hemos logrado un consenso inmenso, una gran unión, más allá de las diferencias políticas, partidistas, ideológicas o de clase social”.
Si fuese así, el relato que Maduro comentaba cuando comenzó la crisis con los EUA acerca del bloqueo a Venezuela en 1902 y cómo Castro liberó a los presos políticos de entonces, en la Venezuela de hoy sería una realidad. No es. El presidente (RP, del 28 de julio) ya no comenta ese episodio. Hacer algo similar a lo que hizo Don Cipriano sería reconocer que en el gobierno de Maduro hay presos políticos y no “políticos presos” como le gusta decir. No tiene el aplomo para liberar a los detenidos políticos y menos a sus adversarios presos que fallecen en custodia de Estado como el caso del exgobernador de Nueva Esparta, Alfredo Díaz (AD en resistencia), cuya muerte en el Helicoide se informó el 6 de diciembre.
Que venezolanos no estemos a favor de la presión de los EUA en contra del gobierno de Maduro no significa que formemos parte del “consenso inmenso” puesto que no hay espacios para lograr uno, como argumenté en al artículo del lunes pasado para El Cooperante. Lo hacemos por un sentido nacional. Somos nacionalistas. Simplemente, sin ser anti-EUA -aunque si hay que pelear contra los EUA en caso de una invasión a Venezuela, estoy dispuesto a hacerlo- no queremos que nuestro país sea tutelado por el Norte o por alguna otra nación que es lo que sucederá si los EE.UU derrocan a Maduro. Ejercerá y cobrará -de eso Trump sabe bastante- su “derecho como ganador”. No será tan sencillo como plantea cierta oposición en sus fantasías: que Trump saque a Maduro, y luego que los estadounidenses resuelven su problema con él por su autoritarismo. Simplemente, Trump sacó a Maduro y ya no nos interesa. No será así. El presidente de los EUA no es de esos que, “gracias por los favores recibidos y hasta luego”. Ejercerá su mando, tutelará al nuevo gobierno, hará negocios -seguramente con las “tierras raras” de Venezuela- y más si aventar al ejecutivo chavista tuvo costos materiales y humanos para los EUA, que los tendrá, así sean mínimos.










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