El embajador y el enviado

Por Enrique Ochoa Antich

Convertido nuestro pobre país en un peón más en el complejo ajedrez geopolítico mundial, con las pezuñas de tantos metidas en nuestro morado caldo, continúa el sainete, la farsa de la política:

Primera escena

Los ministros tertulian en rededor de la pulida mesa de caoba. Esperan gozosos al presidente. Todos saben lo que está por pasar. El fantasma de Fidel hiela sus corazones. El alborozo es general. Sin embargo, uno de ellos masculla su inconformidad, pero calla.

Finalmente, se abre el portón al fondo de la sala. La gruesa humanidad del presidente cruza el umbral. Atrás, flanqueándolo como un escolta, va el embajador.

Los ministros se ponen de pie y aplauden, como si estuvieran en el Soviet Supremo y el que hiciera acto de presencia fuese Stalin. El cubiche va estrechando las manos de los ministros, uno a uno.

-¿Qué bolá, asere?, dice a éste y a aquél.

El presidente toma asiento y a su diestra ubica al embajador. El ministro remolón se pregunta si igual harán en Cuba con Adán. Improbabilísimo, piensa. Porque claro, si el plan es fusionarnos en una sola nación, como la RAU* de Nasser, pues que se diga. Pero nada pregunta el vacilante ministro. No va a tirarse con la guagua andando, como dicen allá. «Desmaya esa talla», murmura para sí.

El presidente explica, justifica. Bolívar y Martí pueblan sus palabras. No me des más muela, diría un habanero. En adelante, el embajador y sus funcionarios tendrán entrada franca en cada oficina pública venezolana, anuncia el presidente. «Tiene más cojones que Maceo», reconoce el cubiche.

¿Y la soberanía, Nico, sirve para unos y no para otros?

Segunda escena

Al este de Caracas, en una oficina amplia y confortable, el diputado (que es y no es presidente de ya no se sabe qué), reúne a su equipo político. Asisten, por una vez en mil años, los representantes de los cuatro partidos que dicen ser hegemónicos entre las huestes opositoras. Ha vuelto de su periplo por el mundo. «Huída, a mejor decir», rumia para sí uno de los más antiguos jefes partidistas allí presente: echado de Capitolio, sin multitudes este 23E a diferencia del otro, sin proyecto creíble, mejor poner los pies en polvorosa. «Pero que nos cuente qué le dijeron los incautos de Merkel, Macron y Johnson a ver», masculla el veterano líder, y piensa: «Seguro más nostalgia 2019 que política 2020, pero bueno».

Los amplios ventanales muestran a lo lejos un Ávila magnífico bañado de sol a esa hora de la mañana, y el cielo azulísimo de Caracas en febrero. Tertulian los conmilitones en esta especie de dirección política de la oposición, si es que puede llamarse así.

A un gesto del diputado, uno de sus asistentes enciende la gran pantalla del televisor: allí, como todas las semanas, aparece la figura menuda, como de duende irlandés, del enviado especial gringo para Venezuela. El viejo jefe de partido se incomoda con esa grosera injerencia pero aprieta los dientes y acepta.

-Hola a todos, dice el enviado especial en perfecto castellano, con una sonrisa socarrona y un saludo de su mano izquierda.

El diputado dice unas pocas palabras, vacías, huecas, como introito. Pero es el enviado especial el encargado de dictar la pauta: evalúa, propone, instruye. Todos escuchan en silencio aquella perorata. Cada representante partidista simula luego alguna exaltación propia, alguna idea que parezca original, «cese-transición-elecciones», pero básicamente hace lo que ha venido a hacer: bajar la cerviz y testimoniar su obediencia. Incluso aquél.

¿Voto o invasión, compañeros? A ver si deciden que ya se va haciendo tarde. O que cada uno escoja su camino y no estorbe al otro.

Colofón

Enero, 1937. Valencia, España, sede del gobierno de la república.

…la culminación del resentimiento de Largo Caballero (presidente del Consejo de Ministros, socialista, apodado «el Lenin español») contra Rusia tuvo lugar cuando el embajador ruso, Rosenberg, trató de influirle para que destituyera al general Asensio (subsecretario de Guerra) e hiciera una serie de cambios que querían los comunistas. Después de dos horas de animada conversación, en la que también estuvo presente Álvarez del Vayo, en su calidad de ministro de Asuntos Exteriores, Largo Caballero saltó: «¡Márchese! ¡Fuera! Debe usted saber, señor embajador, que los españoles podemos ser pobres y necesitar ayuda del exterior, pero tenemos el orgullo suficiente para no aceptar que un embajador extranjero trate de imponer su voluntad a un jefe de gobierno español. En cuanto a usted, Vayo, debería recordar que es español, y ministro de Asuntos Exteriores de la República, en vez de ponerse de acuerdo con un diplomático extranjero para ejercer presión sobre su propio jefe de gobierno». (Hugh Thomas, La Guerra Civil Española).

Algo de este Largo Caballero les falta a nuestras dos élites políticas.

*República Árabe Unida, intento de unión entre Egipto y Siria durante el período de 1958 a 1961.

PD. Toda mi solidaridad con este portal por el bloqueo de su señal por CANTV. Muestra de los abusos de un régimen autoritario con prácticas dictatorialistas y vocación totalitaria. Vendrán días mejores en que estos episodios sean sólo un recuerdo.

Categorías Opinión

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.