El nuevo mantra

Por Enrique Ochoa Antich

Presenta el viajero su balance. Más bien es el plano de su laberinto. Plagado de circunloquios y eufemismos, dice lo que no es y es lo que no dice.

Que han sido concertadas iniciativas ocultas. Que ahora sí la dictadura será cercada. Que los enemigos serán doblegados. Todos nos enteraremos de las acciones fulminantes… cuando ocurran. Casi una nostalgia del «sí o sí» cucuteño. O del ejército afantasmado que iba a sublevarse el 30 de abril. O de la promesa navideña de hallacas sin Maduro. ¿En serio, otra vez?

Y por cierto: la evaluación del «mantra», ¿para cuándo?, ¿nadie va a explicar el fracaso, la derrota?, ¿vamos bien?

Pero volvamos al pantano. Dice el punto 5 del fulano documento de dos cuartillas: «Se confirmó el desconocimiento internacional de un fraude electoral parlamentario y la unificación del mundo en torno al objetivo de elecciones presidenciales libres. También se acordó desconocer cualquier nuevo fraude electoral». Y el trotamundos anuncia: «Los voy a convocar a la calle, les pido que estén atentos, tenemos las herramientas para construir, tenemos el compromiso del mundo y conseguiremos el cambio». O sea: calle, calle, y más calle; sanciones y más sanciones.

Seamos francos, el nuevo mantra es: abstención-caos-invasión gringa. Sólo entonces, una vez que la bota gringa… y colombiana y brasileña… huelle nuestra tierra (única posibilidad de victoria de la estrategia extremista), vendrán el «cese» y todo lo demás. Porque, opositores queridos, les tengo una noticia: a los camaradas no les importará devastar al país si es el costo que hay que pagar por la principal conquista revolucionaria: preservar el poder. Es su visión. Son sus intereses, y de esta suerte son sublimados. Así que las sanciones por sí mismas no derrocarán al régimen.

Primera conclusión, se está reconociendo tácitamente no contar con fuerzas propias para cesar a Maduro; segunda, se está renunciando al voto como instrumento de lucha y a la vía electoral como senda del cambio. De acuerdo, pues. Ha sido dicho. Finalmente.

La fase inicial del nuevo mantra puede resumirse así: si no hay presidenciales, no se vota para nada. Eso tiene hedor de coartada, pero en cuenta: la oposición no votará en los comicios parlamentarios. Maduro se frota las manos en palacio. Fácil ganar así. Ni trampa se requiere. Como el 20M.

Por cierto: ¿quién discutió eso? ¿En qué instancia hubo un debate concienzudo a este respecto? ¿Algún adeco, algún neotempista, algún caprilista participó? ¿Todos están contestes? ¿Nadie va a levantar aunque sea un susurro disidente? Parece otro hecho cumplido, como lo fuera el carmonazo, como el paro indetenible, como la abstención 2005, como las guarimbas 2014, como la autojuramentación. Así, taimada, cobardemente, suele imponer su estrategia el extremismo. Autoritarismo puro y simple made en USA.

La unidad de la oposición, y más importante aún, de toda la Venezuela democrática, chavista y no chavista, de izquierda o de derecha, que quiere un cambio en paz, pasa por el deslinde. Es la dialéctica unitaria: deslinde y unidad. Y, tal cual ha sido planteado por el documentos de marras, ese deslinde es hoy, 2020, uno y claro: votar o no votar.

Los demócratas de verdad debemos escoger votar. En cualquier circunstancia. Reemprender la ruta democrática. Pero, hay que decirlo con honestidad: empujados al pantano por la estupidez extremista, dilapidado criminalmente casi todo el capital político acumulado pacientemente de 2006 a 2015, esa ruta puede implicar la travesía por un nuevo desierto: la larga marcha por las instituciones hasta las presidenciales de 2025. En particular, si la necedad abstencionista nos hace perder, como resulta probable, las parlamentarias este año.

Así que, amigo lector, desechemos las ilusiones y preparémonos para la lucha, como proclamaba entre nosotros algún grupúsculo bolchevique allá por los remotos ’80. Nunca como ahora fue más cierta esa consigna.

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