Los yo-no-fui

por Enrique Ochoa Antich

La política de escurrir el bulto se ha convertido entre nosotros en un supremo arte.

-Yo no fui, exclaman unos y otros, en éste y en aquel bando, a una sola voz.

Veamos.

Inflación, hambre, apagones, enfermedades, muerte. No fuimos nosotros, dicen los chavistas-maduristas, y culpan a la oposición, a la derecha fascista, a la oligarquía apátrida, al capitalismo, a los especuladores, a las sanciones del imperio, y a todas las fuerzas malévolas de este universo mundo.

¿Reconocer la propia culpa? ¡Eso nunca, camaradas! No hubo control de cambio ni estatizaciones a diestra y siniestra, ni caída en picada de la producción agrícola e industrial desde 2007 en adelante (o sea, 8 años antes de las medidas coercitivas y del bloqueo gringos), ni eliminación de los controles y balances ni corrupción a niveles de saqueo del erario público, ni uso y abuso de todos los recursos del Estado al servicio de una parcialidad política (contrariando la Constitución), ni déficit fiscal, ni dinero inorgánico, ni criminal subsidio de la gasolina ni quiebra de PDVSA, ni masiva violación a los derechos políticos, civiles, económicos, sociales y culturales del pueblo.

-Yo no fui, masculla Maduro en cada una de sus alocuciones públicas.

Pero del otro lado de la calle, las huestes opositoras no se quedan atrás (¡ni más que fuera!) y hacen algo semejante, o peor. Como se bromeaba de la izquierda comunista de los ’60, su consigna parece ser: ¡de derrota en derrota hasta la victoria final! ¿Y la victoria para cuándo?, nos preguntamos todos.

Revocatorio, guarimbas, abandono del cargo, abstención, autojuramentación para poca sea de Dios la cosa, «Sí o sí» cucuteño, payasada del 30A (con perdón de los payasos), fractura parlamentaria, chanchullos aquí y allá, agravamiento de las condiciones sociales del pueblo vía sanciones y bloqueo imperial, y ahora… ahora esta bufonada de Macuto (con perdón de los bufones)… y Maduro sigue allí, incólume.

Tras cada violencia inútil, los duros de allá se hacen más duros y los dialogantes se debilitan más. Mal negocio para todos.

¿Reconocer la propia culpa? ¡Eso nunca, compañero! Por ejemplo Macuto: Guaidó no propició los contactos con los mercenarios gringos; Guaidó no conversó vía Skype con Goudreau para firmar el infame contrato (como todos pudimos escuchar a través de las redes); no fueron los agentes de Guaidó quienes conectaron a Alcalá con Goudreau, como informó The Associated Press; no fue J.J. Rendón, el inicuo asesor directo suyo, quien reconoció urbi et orbi la existencia de este ignominioso papel; y juran y perjuran que ellos, López y él, serían incapaces de una ridiculez como ésta, como si no hubiesen protagonizado el sainete del «Sí o sí» y la tragicomedia del 30A en vivo y de cuerpo presente. Si hicieron aquello, ¿por qué no esto? Está claro que tuvimos razón quienes en enero/2019 alertamos públicamente acerca del grave peligro que corríamos todos si entregábamos a estos zascandiles el control sobre la principal vocería de la oposición.

Algunos le han pedido a Guaidó (dizque presidente de nada) que «destituya» (¿destituya?, ¿de qué?: ¡pura ficción!) a todos quienes participaron en este patético macutazo. Curiosa redundancia ya que… ¡tendría que comenzar por destituirse a sí mismo! Que renuncie, pues. Que se haga a un lado. Que otros asuman la tarea de hacernos volver, como país y no como oposición o como gobierno, a la ruta democrática: al voto, al diálogo, a la paz, a la Constitución, al progreso económico con justicia social y a la defensa a ultranza de nuestra soberanía.

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