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Opinión

Sudacas contra monos
“El problema del mundo se resume en que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes llenos de dudas”. Bertrand Russell

En mi vocación de outsider por décadas, estudié y escribí libros para analizar disparate tras disparate de quienes ocuparon espacios políticos decisivos. Mientras más bocachancla era el interfecto, más alto llegó y más aparatosa su caída. Solo un dadaísta en un país al que se le fugó el cerebro (que no estaba, por lo visto, en la Puerta del Sol) podrá atribuirse como mérito traer una invasión extranjera (“sin 28j no hay 3E”), algo para que se sonroje cualquier élite de lQ standard en el sistema solar.

Llaman “larga lucha” a tres décadas de derrotas y dilapidación de los esfuerzos de millones de ciudadanos. Por si fuera poco, hay que reseñar recientes sucesos, fallos rimbombantes producto de la bisoñería de quienes comandan sin asomo de oficio.

Preocupa el rustico proceder de quien aspira dirigir el país pero hace unos días declaró que se opone a que EE. UU levante las sanciones. Poco después añadió algo que suena amenaza en estado de conato: insurrección si no hay elecciones inmediatas, lo que hizo siempre y perpetuó al “réeeegimen”. Sin duda hay en el ambiente indicadores de lo que han intentado todos estos largos años: desestabilizar para inducir una nueva invasión norteamericana, cosa que lograron porque el gobierno se desestabilizó solo. Se tira por el barranco a manchar de antemano a otra mujer, la recién electa Defensora del Pueblo, Eglée González Lobato, quien naturalmente, con cuatro dedos de frente, rechaza la negatividad obsesiva propia de adolescentes despojados del celular porque aplazaron materias.

La política es un psicoanálisis que nos permite comprender el grave albur de dar poder a alguien con amargura en el coleto, que solo hace saltar del cerco de los dientes grises augurios y sentimientos. Me recuerda aquellos mensajes de Navidad de la izquierda, siempre en esta tónica más o menos “…otra Navidad con nuestros camaradas y familiares presos y nos espera un Año Nuevo de luchas y sacrificios con el pueblo venezolano”. No hay reflexión articulada sobre el presente solo atisbos, eslóganes contraproducentes, vacuos que hacen temer de nuevo un futuro de venganza, cuatro mil años después del código Hammurabi. Muchachadas, escape estilo Bond con fractura de vértebra incluida y sanación milagrosa, autoestima bullente y deseo de hacer caída y mesa limpia.

Falta de experticia, ideologismo, desplantar al presidente de España ¿será por autorizar el exilio de Edmundo González y conceder nacionalidad española a Leopoldo López? El asombroso show racista en La Puerta del Sol, sudacas contra sudacas, pardos contra pardos, amplificado desde una tribuna que debería haberlo desautorizarlo carpe diem, de cuajo, y no ponerle el celestino micrófono. Y al final, la ordalía: dividirnos de nuevo entre buenos, los que quieren elecciones ya y los que promueven reformas económicas, también otra simplificación extrema de la nueva comandancia. Recientemente tuvimos un caudillo que “razonaba” exactamente igual, en términos estocásticos, y ya sabemos que pasó, pero ahora reencarna.

El mundo como voluntad y representación de Arthur Schopenhauer, es uno de esos libros infinitos para lectura vitalicia, interminable. La voluntad, es la fuerza universal que hace desde retoñar las semillas, caer el rayo, girar los astros, hasta vivir y sobrevivir a animales y plantas. Freud transforma el concepto en los humanos y lo llama Eros, perfeccionado en la última etapa de su pensamiento y Nietzsche lo aplica como “voluntad de poder”. En la especie humana es la fuerza para existir, salir de las cuevas, atravesar el océano, levantarse cada día, luchar contra la naturaleza. Energía en estado puro, egoísta, ciega, instintiva, brutal, como una creciente de río. Arrastra a la especie, la hace juguete de sus instintos, y por lo tanto, antagonista de la razón, la reflexión, la mesura, que luchan desventajosamente contra ella.

Pero en la civilización construida a base a reglas de la razón en choque con los instintos y el ego, está escrito el conflicto permanente. La civilización introduce el estilo de vida según pautas a segur por todos para no recibir sanciones y las siguen por poderosas razones biológicas y evolutivas. En nuestra hominización privó siempre la escasez de alimentos, energía, y surgió la necesidad ahorrarlas para preservar la sobrevivencia. Según la neurociencia, un cerebro de kilo y medio consume 20% de las calorías al pensar críticamente. Schopenhauer dice que el hombre perduró por no dedicarse a reflexionar sino a operaciones prácticas para vivir y a segur los mandatos de minorías que históricamente no han sufrido ni sufren de escasez.

Sobrevivir premia no pensar, la estupidez, el acatamiento a los estratos poderosos. Schopenhauer pone de ejemplo la sentencia de suicidio a Sócrates. La mayéutica consistía en hacer preguntas a los atenienses en las calles, que los obligaban a cuestionar sus creencias, ocasionando malestar social por un sobregasto de energía que los incomodaba, desagradaba y los ponía de mal humor. Las masas se contentan con simplismos y tienden, dice Schopenhauer, a discriminar y aislar a quienes piensan, si no están protegidos suficientemente por el poder. Por eso quemaron a Giordano Bruno y se salvó Galileo.

La historia de la ciencia es la historia de la burla, el desprecio y la persecución a las ideas nuevas o no compartidas por el oscurantismo de turno. “Si quiere saber quién es chavista, ve a quien no quiere elecciones”, exactamente como por 27 años dijeron lo contrario. El espíritu de la manada, lo llama Nietzsche, execra, margina, “cancela” a quien rompe con la estupidez masiva. La supervivencia obliga a economizar pensamiento y por eso las masas siguen pautas, pero es grave cuando la escasez impera también en la conducción política. En otras palabras, es muy propio eso “es chavista quien no repite lo que se me ocurra”.

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