“Un gran día para la paz mundial”. Con estas palabras, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, vendió ante los suyos y ante el mundo el alto el fuego pactado con Irán, un acuerdo que, más allá de la habitual retórica épica del mandatario norteamericano, arroja no pocas dudas sobre los verdaderos logros de un conflicto que ha implicado costes políticos y económicos para su país y que deja en pie, y más radicalizado, al régimen iraní.
Estados Unidos se entregó el 28 de febrero y de la mano de Israel a una guerra de objetivos difusos. Trump y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, empezaron hablando de un potencial cambio de régimen, alentados por el asesinato del líder supremo, Alí Jameneí, pero en las semanas posteriores centraron sus mensajes en la destrucción de objetivos de índole militar o vinculados a la industria nuclear, argumentos sobre los que ya se sustentó la Guerra de los Doce Días de junio de 2025.
Trump ha pasado en apenas 24 horas de amenazar con sumir a Irán en la Edad de Piedra y aniquilar toda una civilización a anticipar una “edad dorada” en Oriente Medio si prospera el acuerdo, en vigor en principio durante dos semanas. El mandatario decía anoche que accedía a este acuerdo de alto el fuego porque había “excedido sus objetivos militares” en Irán. Pero, ¿realmente es tan bueno como lo quiere pintar el magnate? Washington toma como base “viable” para negociar una tregua en firme el plan de diez puntos con el que Teherán dijo ‘no’ al plan inicial presentado por la parte estadounidense, en una primera concesión que choca con el discurso oficial.
El investigador Hisham Bustani, miembro del Centro de Estudios Internacionales (CERI) de la Science Po de París, repasa en declaraciones a RTVE Noticias los “objetivos cambiantes” de Estados Unidos para concluir que “ninguno” de ellos se han logrado. Ni ha habido un cambio de régimen, ni Irán ha perdido por completo su capacidad armamentística ni la reapertura del estrecho de Ormuz es “incondicional”. “En vista de que Estados Unidos ha declarado un alto el fuego sin ninguna negociación previa visible con Irán, todos estos factores podrían interpretarse como una victoria iraní”, concluye Bustani, que ve “difícil de entender” que Trump pueda “presentar estos resultados como una victoria“.
Todo ello, además, enmarcado dentro de “un patrón más amplio de amenazas vacías, estrategias cambiantes, lenguaje incendiario y retórica extrema”, como quedó de manifiesto el martes cuando Trump amenazó con aniquilar la “civilización” iraní horas antes de que expirase su ultimátum.
Trump, “empatanado” y “atrapado”
“En las guerras nunca gana nadie, pero lo que tenemos aquí es una situación peor a la que teníamos antes”, sentencia la subdirectora del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CEARC), Rosa Meneses, en una entrevista en el Canal 24 Horas de TVE. Meneses describe el conflicto como un “gran fracaso” para Estados Unidos, “empantanado” en una guerra que Trump vendió de primeras como “un paseo triunfal”, una cuestión de pocos días que ha terminado durando más de un mes y aún está por ver cómo se cierra.
Coincide con este análisis la profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad de Barcelona Sonia Andolz, que atribuye el cierre en falso al hecho de que Trump “estaba atrapado en su propio error de decisión”. Según Andolz, ya desde el principio “estratégicamente esta guerra no tenía ningún sentido para Estados Unidos”, aunque sí lo tuviese para Israel, y “el principal ganador” ha terminado por ser un régimen iraní, descabezado pero vivo.
Considera que Trump se sigue agarrando a estrategias de negociación mercantil que pudieron funcionarle hace décadas para construir su imperio empresarial. “Esta acostumbrado a dar órdenes y no a negociar”, lo que se suma, según la profesora, a una “volatilidad” política incompatible con un análisis sosegado de una región tan convulsa como Oriente Medio. Una región que “Trump no ha sabido medir y valorar antes de entrar”, explica en declaraciones a RTVE Noticias.
El estrecho de Ormuz, un nuevo problema
La libre navegación en Ormuz —que ya era posible antes de la guerra— se había convertido en una de las principales metas de la negociación, pese a que el inquilino de la Casa Blanca llegó a decir que Estados Unido no “necesitaba” este paso para exhortar a sus socios de la OTAN a dar un paso al frente. Por esta ruta transita alrededor del 20% del petróleo mundial y, aunque la normalidad plena aún tardará días, los primeros barcos han comenzado a cruzar este mismo martes y los mercados respiran aliviados.
Andolz constata que la reapertura es un aspecto clave del alto el fuego, pero recuerda: “Antes del conflicto Ormuz estaba abierto”. De hecho, se retrotrae a 2015 para subrayar que el acuerdo nuclear pactado por la Administración de Barack Obama —y al que Trump dio carpetazo en su primer mandato presidencial— ya contemplaba un estrecho “abierto y gratuito”, así como un plan de inspecciones para despejar dudas sobre el alcance de la industria nuclear iraní.
La nueva hoja de ruta plantea el tránsito diario limitado de buques por el estrecho de Ormuz durante dos semanas, bajo un protocolo de paso seguro supervisado y regulado por Irán. A tenor de lo poco que se sabe, Hisham Bustani cree que es ahora Irán quien tiene “el control efectivo” de Ormuz, “un error de cálculo” que asemeja con los cometidos por George W. Bush tras la invasión de Irak, cuando Irán precisamente ganó influencia en territorio iraquí y emergió un sistema político “débil, sectario y fragmentado”.
En este sentido, Rosa Meneses recuerda que Ormuz “antes era un problema que no existía”, toda vez que los barcos circulaban sin complicaciones ni riesgos de seguridad añadidos. Ahora “todo está por arreglar” y el régimen iraní ha encontrado una “palanca de presión”, sabedor de que interrumpir el tráfico marítimo en esta zona genera un efecto dominó con consecuencias globales, también para los ciudadanos y empresas de Estados Unidos.
Grietas dentro y fuera de las fronteras de EE.UU.
El impacto en los mercados ha sido uno de los efectos colaterales más evidentes de este conflicto, pero no el único. El Pentágono ha confirmado la muerte de 13 militares en un ofensiva que se ha limitado a ataques aéreos y que ha añadido aún más presión a los presupuestos públicos de Estados Unidos, abocados a un aumento de la deuda pública para sufragar una aventura bélica que no todos entienden.
Dentro de Estados Unidos, las críticas han llegado no sólo desde la oposición, sino también desde figuras del movimiento MAGA (‘Make America Great Again’) que contribuyó a que el magnate pudiese abrir de nuevo las puertas del Despacho Oval. Le critican por la forma como ha gestionado el conflicto pero también por su propio “contenido”, señala Andolz, que no ve que Trump haya ganado más apoyo interno que el de los que son ya “ciegos seguidores”, en un año clave en términos electorales por las elecciones legislativas de noviembre.
Bustani, por su parte, aprecia en el giro de personalidades conservadoras una “erosión gradual de la base de apoyo” del presidente, lo que en última instancia puede “debilitar su posición” a nivel interno. Está por ver, a su juicio, si también repercutirá de alguna forma el hecho de que “la imagen global tanto de Trump como de Estados Unidos han sufrido daños significativos”, en alusión a una percepción que “cada vez es más visible en Europa”.
En esta línea, Sonia Andolz señala que el país norteamericano ha pasado de ser un “líder sólido” —al margen del poder político “sabías que lo que hacían iba a estar hecho de una forma profesional”— a otro que “no tiene palabra”, si bien no termina de dar por rota esa “red” de movimientos y gobiernos populistas de derechas que sí parecen estar dispuestos a seguir a Trump a toda costa y que van desde la Argentina de Javier Milei a la Hungría de Viktor Orbán.
La ruptura con Estados Unidos sí puede ser total en el caso de las calles de Irán. Más allá de los movimientos de la diáspora, los ciudadanos asisten a “un cambio de cabezas o de nombres, pero no de régimen”, sin las grandes movilizaciones que reclamaban de viva voz Trump y Netanyahu. “Incluso en los regímenes más dictatoriales o autoritarios, hay una cosa que contribuye a unir a la nación: que te ataque tu principal enemigo”, explica la profesora, al advertir de un sentimiento “de orgullo e identidad nacional” que permea entre la ciudadanía al margen de lo político.
Hisham Bustani pronostica que “si el objetivo del conflicto era debilitar o desestabilizar al Gobierno iraní, el resultado parece ser más bien el contrario”. El régimen “estará ahora más atrincherado y firme en sus posiciones”, en la medida en que puede dar por confirmada la “mala fe” de un país, Estados Unidos, que rompió de manera unilateral el acuerdo nuclear y ha emprendido bombardeos en plenas negociaciones. “En estas circunstancias, es difícil que Irán pueda confiar de nuevo en Estados Unidos”, remacha.











Añadir comentario