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GILBERTO COLMENARES UN REVOLUCIONARIO COMO POCOS

Por: Willian Alí Pereira

Le conocí a inicios de los años 70 en los espacios del Liceo José María Vargas, hace algo más de 50 años. Gilberto era parte de la organización de estudiantes que daban clases de recuperación, la mayoría de ellos integrantes del grupo Damián. Gilberto Enrique Colmenares es uno de esos extraños personajes de los que difícilmente encuentras a alguien que se le parezca. Cuando murió el pasado 24 de junio a consecuencia del doble sismo, la muerte lo sorprende haciendo lo que había hecho toda su vida: Ayudar a otros (En su juventud fue un destacado miembro de los Bomberos voluntarios); en este caso a su hija quien estaba atrapada por escombros, en momento en que otra pared se le viene encima fracturándose la pierna. En medio de la sorpresa y el dolor, giró las orientaciones necesarias para la improvisación de un torniquete de primeros auxilios, antes que lo trasladaran al hospital Naval donde fallece al poco tiempo de su ingreso producto de un infarto.
Fue Marxista , Robinsoniano y Guevarista por convicción. Siempre se declaró Ateo, aunque practicaba la humildad, solidaridad, el bien común y la honestidad mejor que la mayoría de cristianos conocidos. Estudio Filosofía en la Universidad Central de Venezuela. Realizó talleres y conferencias referidas a la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y al Libertador Simón Bolívar (Bolívar de la Realidad al Mito)

Participo en toda una gama de movimientos, desde líneas de conductores Caracas-La Guaira, hasta movimientos ecológicos de protección al Ávila junto con Alexi Rojas entre otros. Creó brigadas juveniles para el resguardo del patrimonio histórico regional, junto a Rafael Lozano. Entre sus amigos de juventud están los Artistas Juan Loyola y Francisco Viloria. Impulsó la creación de grupos de Teatro Popular de la mano de Juan Pírela, Antonio Guevara, Hernan Pasamarote, Pedro Salazar Ricardo y Nelson Borges, “Parchita” y las muchachas: Juana Castillo, Mariita Hernández, Mildred y Beatriz su esposa entre otros muchos donde me incluyo.

Rendía culto a la amistad y a los compromisos contraídos aun en condiciones extremas, como el caso de un amigo y militante revolucionario quien antes de morir le expone que quería que en su velatorio colocaran la canción de John Lenon “Un chance a la paz”, lo cual era imposible, ya que debido a lo contagioso de su enfermad, no le podían practicar autopsia, ni velatorio. Contraviniendo las indicaciones Gilberto obtuvo los implementos necesarios, practicó la autopsia, limpió el cuerpo, lo vistió y practicó junto a la familia del camarada, el velatorio con la canción que se le había solicitado.

En el derrocamiento de Chávez el 11 de abril, se colocó al frente de la marcha que partió de la funeraria San Antonio, donde velaban a Luis Caro, asesinado en Miraflores. De la Atlántida la marcha recorrió la comunidad de la Soublette enfilando luego hacia la Avenida el ejército donde se fueron incorporando vecinos de la Páez, Mirabal, La Lucha, Zamora. Al subir a la altura del club aeropuerto, la marcha disminuye el paso percatándose que a la entrada de Guaracarumbo se encuentra apostado un piquete de Guardias Nacionales, apuntando a la multitud. Gilberto se adelanta y hace señas a los manifestantes para que se detengan mientras él se dirige hacia los militares. Estando ya a pocos metros de los uniformados se dirigió al de mayor rango: “Vamos a Caracas. Vamos a exigir la libertad de Chávez” “Ustedes no nos van a detener, no van a poder matarnos a todos. Somos más de quinientos. No tienen balas ni bolas para masacrar este pueblo”. El oficial esbozó una sonrisa acercándose “¿De dónde sacas tu eso? Nosotros estamos aquí para protegerlos a ustedes. Nosotros también somos pueblo y también estamos con Chávez”. Presa de la emoción Gilberto abrazo al oficial hasta casi levantarlo del suelo. Los militares no saben lo que ocurre ni la multitud tampoco. Algunos pensaron que Gilberto estaba intentando desalmar al oficial. Los militares apuntan sus armas. El Oficial se percata y levanta las manos dirigiéndose a la tropa y luego le estrecha la mano a Gilberto. La multitud ruge, grita, aplaude se abraza con los uniformados y continúa en marcha hacia Caracas, por la libertad de Chávez. Ese era Gilberto.
Gilberto siempre mantuvo su perfilo crítico, exponiéndose a las consecuencias. Años más tarde, a consecuencia de un discurso en la Plaza Vargas en un aniversario de la Guaira, donde fue orador de orden, las autoridades se sintieron ofendidas por la comparación que hizo al asemejarlos a las “Águilas chulas” que luego de aprovechar el nido, se van dejándolo abandonado. Poco tiempo después fue “enviado”, sacado de la Biblioteca de la Guaira trasladándolo al estado Falcón, a manera de castigo. Lejos de amilanarse, aprovechó de conocer a históricos guerrilleros de la FARL como el flaco Francisco Prada mano derecha de Douglas Bravo, así como a la familia de Ali Primera.

Mientras fue coordinador de la Red de Bibliotecas Públicas de la Guaira, propició un horario de acuerdo a las posibilidades de los estudiantes, desde Caruao hasta Carayaca, manteniendo con el personal la misma relación que tenía cuando ingresó como responsable del BiblioBus. Simultáneamente asumió la coordinación de refugios de damnificados, por la vaguada de 1999, como el Liceo Licenciado Aranda.

Fue miembro del Sindicato de la Biblioteca Nacional, hasta su jubilación. De su paso por Biblioteca quedó la constante recuperación de textos, el cambio de nombre de la Biblioteca de Catia la Mar por “Danilo Anderson” y el izamiento de nuestra bandera regional, en el fortín el “Vigía” de la Guaira. En los últimos años había retornado al Teatro representando al Pintor Armando Reverón. Mantenía el programa radial “La Caleta de los Ñangara” por radio Urimare, emisora que también colapsó con los terremotos en el Urbanismo Hugo Chávez. Con Gilberto se nos va un trozo de la revolución que nunca llegó, una manera de servir sin servilismo, una entrega plena sin aspirar recompensa; era un anciano que luchaba con el candor de un adolescente de 15 años. En pocos como él se recuerda a plenitud la frase de “Los imprescindibles “de Bertolt Brecht. En su casa quedó lo que había sido una costumbre de vida: Sus libros y semillas germinadas de aguacate, mango, uvas de playa que algún día seguramente alguien sembrará manteniendo vivo su legado y su memoria.

¡Hasta la Victoria Siempre! Camarada, amigo y Maestro.

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