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La intolerancia a la mesa: ¿Por qué esta vez tendría que ser distinto?

Tras casi tres décadas de ensayos fallidos, dilaciones estratégicas y acuerdos firmados sobre papel mojado, el escepticismo de la sociedad venezolana hacia cualquier «mesa de negociación» no es solo comprensible: es un mecanismo de defensa. Por los salones de conversación han desfilado líderes, facilitadores y diplomacias de larga trayectoria —como la noruega— sin que el ciudadano común haya visto traducido ese despliegue en un cambio real. Para la mayoría, la palabra «diálogo» se transformó en sinónimo de maniobra para ganar tiempo.

Sin embargo, la política sigue siendo el arte del acuerdo. La pregunta de fondo no es si debemos creer en la negociación como concepto, sino si la tutela y la hoja de ruta impuestas tras los acontecimientos de enero reconfiguran por completo el terreno. El denominado plan de tres fases trazado por la administración estadounidense altera la dinámica que dominó los últimos 27 años:

Fase 1: Estabilización y control de daños. Garantizar la seguridad interna y evitar un colapso institucional o social. En esta etapa se establece la supervisión de los ingresos energéticos y se da apertura a las primeras reformas del marco legal, como la reestructuración del Tribunal Supremo de Justicia por vía parlamentaria.

Fase 2: Recuperación económica y reconciliación. Reactivación del aparato productivo, retorno del capital internacional y una amnistía política efectiva que incluya la liberación de presos políticos y el regreso de exiliados para recomponer el tejido social.

Fase 3: Transición política e institucional. La consolidación de reformas estructurales y la reinstitucionalización del país para encauzar una ruta electoral con garantías reales verificadas.
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Creer en esta negociación no equivale a capitular ni a ser ingenuos. La intolerancia de la ciudadanía solo se desarma con hechos irreversibles. La mesa actual no depende de la buena fe entre las partes, sino de un esquema de incentivos y costos rigurosamente vigilado. Para quienes nos definimos como demócratas, la negociación no es un acto de fe, sino la única herramienta pragmática para transformar un conflicto crónico en una ruta ordenada de institucionalidad.
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Como venezolano, mantengo la convicción de que este proceso debe rendir frutos verdaderos: deseo profundamente que la institucionalidad del país se recupere pronto y que, a la brevedad posible, se genere la convocatoria a unas elecciones libres y transparentes que le devuelvan definitivamente la soberanía al pueblo.

Ronald Ugueto

Ciudadano de Vargas

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